
No puedo evitar publicar el artículo que D.Alfredo Relaño, director del periódico deportivo AS, escribe en la edición de hoy. No puedo tampoco, estar más de acuerdo con el...:
Pasó Ronaldo por Madrid. Su silueta sigue haciéndose generosamente expansiva, como corresponde al paso de los años cuando estos vienen acompañados de bienes y felicidad. Pero aún mete goles. Ha regresado a Brasil, ese territorio mágico en cuyo subsuelo habitan duendes que entran por la planta de los pies, capturan las almas de los hombres y les hacen futbolistas, lo quieran o no. Así que lo que a gentes de otros lugares del planeta, Raúl, pongamos por caso, les cuesta un esfuerzo tremendo, a los brasileños les sale sin querer. Ronaldo es uno de esos. A Ronaldo se le caen los goles de los bolsillos.
¿Vieron el último que hizo? Le bastó con estar ahí para que el defensa y el portero se atocinaran, y entonces apareció él a cobrar el cheque. Hay algo en Ronaldo que me ha impresionado desde que le vi como sólo me impresionaron, todavía niño, Di Stéfano, Kubala y Puskas. Esa presencia intimidante, esa sensación de que si el balón le llegaba a él (a ellos) en determinadas condiciones lo siguiente sería irremediable. Messi es un mago del regate corto, Cristiano es un ciclón, Zidane era el vals, Kaká me arrebata, Ibrahimovic es un monumento al fútbol...
Pero Ronaldo era el arma nuclear, el arma definitiva. Pesan los años y pesan los kilos. Le veo ahora y me resigno a aceptar que ha perdido de forma definitiva su batalla con la báscula, qué se le va a hacer. También los dioses griegos tenían debilidades humanas, descendían a compartir con nosotros nuestras pasiones y nuestras miserias. Pero ninguna foto nueva va a borrar de mi memoria las jugadas que le he visto hacer a este hombre, esas arrancadas, en el Barça, en Brasil o en el Real Madrid, en las que abría un surco, pasaba la defensa como un cuchillo atraviesa una pella de manteca y dejaba atrás al portero como si fuera de palo. Sí, fue el mejor de todos.
ALFREDO RELAÑO